Manifiesto que…
En un rincón de la memoria, protegido por el guardapolvos del ensueño, se encuentra un archivo de nombre melancolía. Se activa ante un estímulo encriptado en lo más profundo de nuestro ser. La clave que lo habilita recorre un laberinto de neuronas antes de llegar a él. Y, cuando lo hace —no siempre ocurre—, destapa en nuestro cerebro una ambrosía lisérgica, un instante voluptuoso, una caricia.
Entonces, una carcasa luminosa nos estalla en nuestro interior y su resplandor nos adentra en la perspectiva del o de la artista que una vez quisimos ser, en las sensaciones que alguien describió para que las leyésemos un día, en nuestra propia biografía de vida o, incluso, en las huellas ancestrales que a veces hemos imaginado para entender la esencia humana y de paso nuestra procedencia personal. Y todo ello sobreviene al unísono.
Los brazos de esta palmera de fuego son la polifonía de una cantata interior, haces de espacio temporal que se entrecruzan, pugnan y ceden, números cuánticos de un cálculo probable, átomos de la fusión entre lo que somos y fuimos.
Únicamente en un recoveco íntimo podemos alumbrar este tipo de certezas que son, a la vez, singularidad y trinchera.
Por eso, cuando el devenir de los días nos sitúa, como ahora, ante dilemas y tesituras, cuando las brutalidades exteriores cuestionan nuestro paso por la escena, cuando nos sentimos hormigas indefensas ante el futuro…no lo dudemos: deshagámonos de ideologías, desoigamos a quiénes nos ofrecen una explicación de los hechos y enganchémonos al bando que nos garantice la melancolía como opción de recuerdo y no como obligación de nostalgia.
Emilio Garrido, Dénia, 24 de marzo de 2022, a los treinta días del inicio de la invasión de Ucrania.